GUERRA COLOMBO-PERUANA
a génesis del conflicto colombo-peruano se puede remontar a
la época colonial, cuando fue creado el Virreinato de Nueva Granada, como
entidad político-administrativa separada del Virreinato del Perú, que
hasta entonces era el único Virreinato del Imperio español en Sudamérica. La
definitiva creación del Virreinato de Nueva Granada se dio en 1739 y en su
jurisdicción se hallaba el territorio de Maynas, en la selva amazónica, el
cual se convertiría con el tiempo en el centro de la discordia entre el Perú y
Colombia. La Real Cédula de 1802 ordenó que Maynas retornase a la
jurisdicción del Virreinato del Perú; sin embargo, hasta ahora se discute la
naturaleza de dicha disposición (si ordenaba una segregación
político-territorial o solo se limitaba a la administración eclesiástica) y si
llegó efectivamente a ser aplicado. Todo ello era de fundamental importancia
determinar, pues se impuso el consenso de que las líneas fronterizas de las
nacientes repúblicas hispanoamericanas debían seguir el principio del Uti
possidetis de 1810, es decir, el estado en que se encontraban las
jurisdicciones territoriales en dicho año, que fue cuando principió la
revolución independentista.
Transcurrían los días y los meses en medio de la mayor
monotonía, sin que ningún suceso alterara el curso lógico de la política
colombiana, hasta cuando en forma sorpresiva llegó un cable en clave cuyo texto
decía: “El 1 de septiembre un grupo de civiles peruanos al mando del ingeniero
Oscar Ordónez y el alférez Juan de la Rosa, asaltó la población colombiana de
Leticia…” Así rezaba el comunicado en que el gobierno colombiano daba cuenta
del episodio que dió origen a una guerra internacional no declarada en el
trapecio amazónico, la porción de territorio colombiano gracias a la cual
nuestro país tiene acceso al río Amazonas, la mayor arteria fluvial de
Suramérica y del mundo entero.
Pocos eran nuestros compatriotas que habían oído hablar de Leticia hasta entonces, y el cable del Ministerio, que cayó como una bomba en la Legación de Londres, no agregaba ningún pormenor. La opinión que había quedado circulando entre el público era la de que se trataba de un caso de policía en el que un grupo de particulares adversos al Tratado Lozano-Salomón, que se había aprobado hacía apenas diez años, estaba actuando en forma espontánea para dar un golpe de mano sin mayores consecuencias. Un “caso de policía”, como desde sus inicios comenzó a calificarse el incidente. Sin embargo, a la vuelta de pocas semanas, las autoridades peruanas, inspiradas por el presidente de facto, el general Sánchez Cerro, le brindaron todo su apoyo a los invasores, secundando el sofisma de que el convenio de 1922, por haber sido negociado y ratificado durante la dictadura de Leguía, carecía de validez y podía ser desconocido por el nuevo régimen, en aras de la reivindicación de supuestos derechos del ocupante al norte del Amazonas.
Pocos eran nuestros compatriotas que habían oído hablar de Leticia hasta entonces, y el cable del Ministerio, que cayó como una bomba en la Legación de Londres, no agregaba ningún pormenor. La opinión que había quedado circulando entre el público era la de que se trataba de un caso de policía en el que un grupo de particulares adversos al Tratado Lozano-Salomón, que se había aprobado hacía apenas diez años, estaba actuando en forma espontánea para dar un golpe de mano sin mayores consecuencias. Un “caso de policía”, como desde sus inicios comenzó a calificarse el incidente. Sin embargo, a la vuelta de pocas semanas, las autoridades peruanas, inspiradas por el presidente de facto, el general Sánchez Cerro, le brindaron todo su apoyo a los invasores, secundando el sofisma de que el convenio de 1922, por haber sido negociado y ratificado durante la dictadura de Leguía, carecía de validez y podía ser desconocido por el nuevo régimen, en aras de la reivindicación de supuestos derechos del ocupante al norte del Amazonas.
En efecto, el último enfrentamiento entre tropas peruanas y
colombianas había tenido ocurrencia en el punto llamado La Pedrera, situado
sobre la orilla izquierda del río Caquetá, afluente del Amazonas, a mediados de
1911. La suerte no había favorecido a nuestra armas, dada la superioridad
numérica de los peruanos que, al mando del teniente coronel Oscar Benavides,
obligaron a los nuestros, comandados por el general Isaías Gamboa, a emprender
la retirada. Con este antecedente, que no pasó a mayores, se abrió carrera
entre los peruanos de todos los niveles, la creencia de que de hecho se había
creado un título para desalojar a Colombia del Amazonas y extender la frontera
peruana a territorios que, por tradición y en virtud de los títulos españoles,
siempre nos habían pertenecido. Mediaba la peculiar circunstancia de que el
Brasil jamás había querido acogerse al principio del Uti possidetis
juris de 1810 (mantener las divisiones administrativas españolas tal como
estaban en ese año), sino que invocaba el principio del Uti possidetis facti (como
estaba la ocupación de hecho en el momento de la delimitación), que le
resultaba más favorable, gracias a su mayor capacidad de expansión frente a
países como Colombia, Perú, Bolivia, Paraguay, etc., que mal podían emular con
su gigantesco vecino. La mentalidad que hacía de la ocupación un título al
territorio se había generalizado de tal modo en la región amazónica, que el
Perú, que por años había sido una potencia militar frente a Colombia, no
desdeñaba echar su cuarto a espadas trayendo a cuenta sus presuntos derechos de
ocupante.
La explotación del caucho había sido uno de los grandes rubros de exportación a principios del siglo y una firma peruana, la Casa Arana, había establecido sus reales desde Iquitos hasta bien entrados los afluentes del Amazonas en el actual territorio colombiano.
A medida que avanzaba la polémica entre los dos gobiernos acerca de la naturaleza del episodio ocurrido en la madrugada del 1 de septiembre de 1932, con la captura de Leticia, se hicieron patentes las dos posiciones encontradas. Para el Gobierno de Colombia se trataba de un caso de policía, de un problema estrictamente doméstico, como era la toma por unos particulares de una población colombiana, mientras que, para el Perú, el golpe de mano, que había sido, en sus inicios, según sus propias palabras, una perturbación provocada por los comunistas, poco a poco se fue convirtiendo en una cuestión internacional, que el propio dictador calificaba como la expresión de “incontenibles aspiraciones” de la nacionalidad, herida por el Tratado. Era la revisión del instrumento de 1922, con lo cual Sánchez Cerro se proponía recuperar para el Perú el exclusivo dominio sobre el Amazonas en el sector comprendido entre el Ecuador y el Brasil.
Recuerdo que en nuestras conversaciones privadas, durante las largas noches de espera, traduciendo los cables en clave provenientes de Bogotá, yo hacía la observación de que la mayor parte de las guerras se iniciaban con un problema doméstico, empezando por la guerra de Troya, y terminaban en un conflicto internacional.
Muchos años después llegó a mi conocimiento el verdadero origen del desafortunado episodio que tantos dolores de cabeza le produjo al gobierno de Olaya, pero que, en último término, le sirvió a Colombia para interesarse en nuestra frontera sur y construir de emergencia los caminos que hoy nos permiten llegar por tierra hasta algunos de los grandes ríos afluentes del Amazonas.
La explotación del caucho había sido uno de los grandes rubros de exportación a principios del siglo y una firma peruana, la Casa Arana, había establecido sus reales desde Iquitos hasta bien entrados los afluentes del Amazonas en el actual territorio colombiano.
A medida que avanzaba la polémica entre los dos gobiernos acerca de la naturaleza del episodio ocurrido en la madrugada del 1 de septiembre de 1932, con la captura de Leticia, se hicieron patentes las dos posiciones encontradas. Para el Gobierno de Colombia se trataba de un caso de policía, de un problema estrictamente doméstico, como era la toma por unos particulares de una población colombiana, mientras que, para el Perú, el golpe de mano, que había sido, en sus inicios, según sus propias palabras, una perturbación provocada por los comunistas, poco a poco se fue convirtiendo en una cuestión internacional, que el propio dictador calificaba como la expresión de “incontenibles aspiraciones” de la nacionalidad, herida por el Tratado. Era la revisión del instrumento de 1922, con lo cual Sánchez Cerro se proponía recuperar para el Perú el exclusivo dominio sobre el Amazonas en el sector comprendido entre el Ecuador y el Brasil.
Recuerdo que en nuestras conversaciones privadas, durante las largas noches de espera, traduciendo los cables en clave provenientes de Bogotá, yo hacía la observación de que la mayor parte de las guerras se iniciaban con un problema doméstico, empezando por la guerra de Troya, y terminaban en un conflicto internacional.
Muchos años después llegó a mi conocimiento el verdadero origen del desafortunado episodio que tantos dolores de cabeza le produjo al gobierno de Olaya, pero que, en último término, le sirvió a Colombia para interesarse en nuestra frontera sur y construir de emergencia los caminos que hoy nos permiten llegar por tierra hasta algunos de los grandes ríos afluentes del Amazonas.
El símil de la guerra de Troya es más fiel de lo que yo
imaginaba, mientras le dictaba, letra por letra, a Bernardo Samper, las
palabras que iban surgiendo de la clave rudimentaria con que nuestra
Cancillería daba órdenes para negociar armamentos. Una mestiza de nombre Pilar,
conocida como “La Pila”, era la amante del alférez peruano Juan de la Rosa,
encargado de la guarnición de Caballo de Cocha, en las vecindades de Leticia,
y, como en el caso de la guerra de Troya, también requería sus favores otro
pretendiente, que era nada menos que el intendente colombiano del Amazonas don
Alfredo Villamil Fajardo, uno de aquellos cachacos bogotanos de la época del
Centenario. Dicharachero y galante, a pesar de sus atributos Villamil fue, en
la competencia con el rudo soldado, quien perdió la partida, porque “La Pila”
prefirió la compañía de De la Rosa y se estableció en forma definitiva en
Caballo de Cocha. ¿Cómo iba a resignarse a tan afrentosa derrota nuestro
compatriota? Sin parar mientes en que hacía apenas cuatro años que se nos había
entregando el Trapecio Amazónico, y que era grande el descontento entre los
peruanos, optó por raptarse a la bella, acompañado de tres o cuatro agentes de
policía que la obligaron a volver a Leticia.
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Eran muchos los incidentes que, por una u otra razón, tenían
ocurrencia en la frontera que aún estaba en trance de consolidarse. Una gran
hacienda, La Victoria, de propiedad de Oscar Vigil y de su sobrino el ingeniero
Oscar Ordóñez, quien la administraba, se estaba negociando con el gobierno de
Colombia, que se negaba a pagar el elevado precio que los peruanos demandaban.
Si a lo anterior se agrega que el mismo ingeniero tenía algunos contratos de
ejecución de obras en Leticia, cuando todavía estaba bajo el dominio peruano, y
que el gobierno de Colombia con inexcusable ligereza intentó desconocerlos, se
explica el encadenamiento de los hechos que culminaron en la toma de nuestro
puerto sobre el Amazonas. Indignado el ingeniero Ordóñez con el tratamiento de
que era objeto resolvió, por sí y ante sí, dar un golpe sobre Leticia, y para
tal efecto armó a sus peones con machetes y escopetas de fisto, dispuesto a
recurrir a la fuerza si llegaba a encontrar resistencia de parte de los pocos
agentes de policía que estaban al mando de Villamil Fajardo. Desfilaba Ordóñez
con sus agentes por Caballo de Cocha, al caer de la tarde, cuando tropezó de
manos a boca con el alférez Juan de la Rosa, la primera autoridad política y
militar del lugar, quien, al inquirir sobre los propósitos que animaban a la
temeraria avanzadilla, se enteró de lo que se trataba y, ni corto ni perezoso,
se sumó con sus efectivos militares a la expedición improvisada de Oscar
Ordóñez. Fue así como, al amanecer del día siguiente, los peruanos se tomaron a
Leticia por la conjunción de los intereses sentimentales del alférez y los
intereses económicos del ingeniero. Días después, a través del Brasil, el
Gobierno Nacional se enteró de que la población estaba en poder de los peruanos
y que el intendente Villamil, después de haber sido encuerado, había sido
embarcado en una canoa y puesto en territorio brasilero. Cualquier semejanza
con la guerra de Troya y el rapto de Helena es
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En Bogotá, la noticia de la invasión prendió la llama patriótica con inusitado
fervor y, en el curso de pocos días, el país entero se movilizó en apoyo del
gobierno para desalojar por la fuerza un puñado de peruanos que habían hollado
nuestro suelo. En el Senado de la República el jefe de la oposición, Laureano
Gómez, que tan pronto como regresó a Colombia se había convertido en el más
virulento crítico de Olaya, aprovechó para pronunciar su histórica frase:
“¡Paz, paz en el interior, y guerra en las fronteras!” Vázquez Cobo, el
candidato minoritario en el debate presidencial, ofreció sus servicios, como
militar retirado, para encabezar “una expedición punitiva”, y Guillermo
Valencia, el otro conservador perdidoso, puso en el altar de la Patria “los
restos supérstites de su personalidad abolida”, añadiendo el clásico apotema de
que “bella cosa es la paz, pero nada vale sin el honor.” Otros, con poco
sentido del ridículo, como Augusto Ramírez Moreno, proclamaba a voz en cuello
su optimismo bélico al reclamar para sí la alcaldía de Lima durante la
inminente ocupación colombiana de la capital del Perú. Los periódicos de Bogotá
patrocinaron la iniciativa de entregar al Banco de la República las argollas
matrimoniales para la adquisición de armas en el extranjero y el propio doctor
Eduardo Santos y su esposa, doña Lorencita, se pusieron a la cabeza de los
donantes en medio del entusiasmo nacionalista que no conocía límites. Sólo una
voz desentonaba en el concierto: la de Alfonso López, quien, desde las primeras
horas vislumbró la desproporción entre el fervor patriótico de las muchedumbres
capitalinas y los recursos disponibles para librar una batalla en la selva
amazónica. Sin subestimar las corrientes de opinión que abogaban por el pronto
restablecimiento de nuestra soberanía, le pidió al gobierno que lo relevara de
su encargo en Londres y optó por regresar a Colombia a trabajar por una
solución pacífica. Carecía Colombia de una fuerza naval que, todavía, a estas
fechas, no existe en el Pacífico; la aviación militar estaba en sus comienzos,
y las comunicaciones terrestres con el sur del país apenas llegaban, por
caminos de herradura, hasta Florencia, población que en la época de la
explotación de la quina había cobrado alguna importancia como centro de
distribución. La empresa militar y económica de hacer llegar y mantener un
ejército colombiano en la frontera revestía dimensiones titánicas. Han
transcurrido cincuenta y cinco años desde el conflicto con el Perú, se ha
desarrollado la aviación en forma que nadie podía soñar con las aeronaves de
propulsión a chorro, los recursos económicos de la Nación se han centuplicado
y, sin embargo, el acceso a nuestro puerto amazónico, para abastecer siquiera a
sus habitantes, sigue siendo magno problema que interesa a nuestra propia
soberanía política, económica y cultural. ¿Cómo sería la cuestión logística en
1932, para comprometerse en una guerra de veras? Se hizo necesario improvisar
todo, menos el ardor patriótico, que suplía nuestras deficiencias en armas, en
vías de comunicación, en experiencia bélica en aquellas regiones inhóspitas.
Fue así como surgió la idea de la ‘expedición punitiva’ que, remontando el
Amazonas desde Belén del Pará, aspiraba a llegar por agua a Leticia, sin contar
con la posible neutralidad, casi hostil, del Brasil, y las mayores facilidades
de que disponía el Perú en su nororiente, cuya capital, Iquitos, se ha contado
siempre como un próspero centro de intercambio de productos en el departamento
de Loreto, en contraste con nuestra Leticia, aislada del resto de Colombia, y
dependiendo en gran manera del comercio con sus vecinos.
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Dos modestas embarcaciones, artilladas de carrera, y
tripuladas por marinos mercenarios, salieron de los puertos franceses en
dirección a la desembocadura del Amazonas y llegaron sin tropiezos a su
destino. Fue, quizás, la más hermosa página en la vida del general Alfredo
Vázquez Cobo, protagonista de tantos episodios históricos desde su más temprana
juventud. Ya viejo y desencantado de las inconsecuencias de su partido
político, sin ambición distinta de la de servir a su patria, asumió todos los
riesgos de una empresa para la cual ni Colombia ni el propio general Vázquez
estaban preparados. De regreso de su expedición, que corrió con mejor suerte de
lo que era dable esperar, lo ví en el veraneadero de La Esperanza, tan jovial
como siempre, pero con diez o quince años más de los que representaba en París,
al punto que la gente atribuía su decadencia física a que había dejado de
pintarse el cabello, porque lucía unas canas que nadie la había visto antes, y
varios kilos menos.
El presente escrito es extracto de un libro de Memorias que
escribe el Ex presidente López Michelsen, quien en 1932 se encontraba en la
Legación de Londres, desempeñada por su padre, Alfonso López Pumarejo.
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